
TAUROMAQUIA
TAUROMAQUIA, TAUROFILIA, TAUROFOBIA
A.I- EL ENCIERRO Les confieso que sólo he ido a una corrida de toros en mis años mozos y que a ella me llevó sólo la curiosidad de ver in situ cómo se desarrolla el espectáculo, tanto en el propio ruedo como en las gradas del circo taurino. Lo que contemplé no logró captar mi adhesión a tal punto que me convirtiera en aficionado entusiasta vehemente o me alejara a la de adversario despectivo. La `fiesta` coexiste con nosotros, en su aspecto popular, desde tiempos de los Austrias principalmente, y fue pasatiempo de caballeros aristócratas, mientras que los `toreadores` de a pie pertenecían a la servidumbre de la nobleza; los cuales se dedicaban simplemente en
En la actualidad, la cadena de televisión estatal suele presentar los lunes, a la hora del almuerzo, una reseña de imágenes de las ferias taurinas celebradas durante el transcurso de la semana. Y confieso también que no molesta, en general, verlas a cuchara alzada; pero sí, cuando acaban de degollar al animal con la espada y, con pasos tambaleantes, arrojando bocanadas de sangre por la boca y la vista enturbiada, le conduce la querencia hasta las orillas de las tablas, donde dobla las patas y cae redondo sobre la arena. Paradójicamente y de inmediato, ante la contemplación de un hermoso animal, espantosamente herido de muerte, que se balancea de un lado a otro en busca de un sitio donde echarse derrotado y acabado, estalla una ensordecedora explosión de vítores y aplausos, en medio del silencio expectante que había invadido la plaza al comienzo de la última faena.
Días pasados, igualmente a la hora del almuerzo dominical, he tenido la ocasión de asistir al despliegue en la pequeña pantalla de otro espectáculo taurino: el llamado `encierro`,.es decir, la fase inicial del rito del degüello inmisericorde, al que están destinados esos nobles animales que pastan en las dehesas de Extremadura, Castilla y Andalucía, modelos de recia fortaleza, de brava masculinidad y fiereza terriblemente amenazadora, siempre que la presencia de gente extraña invade la quietud de sus pastos.
No bien aparecieron en lontananza los vaqueros con las garrochas enhiestas en el arzón de la silla y fueron vistos por los bravos animales, arrancaron éstos al trote contra los intrusos, con tan grandes bríos y ferocidad que los hicieron retroceder, temerosos de la furiosa embestida. Pero, como más valen mañas que fuerzas, la pericia de los vaqueros logró ir separando a los toros más agresivos; y, finalmente, conducirlos al lugar de la hacienda, desde donde habrían de ser transportados a los cosos taurinos, lugar del suplicio.
Al hilo de estas escenas a campo abierto, con que nos ameniza el almuerzo el programa taurino de turno, puede prender la idea de que el alimento sustancial de los seres del mundo animal se basa en devorarse unos a otros. Así resulta enormemente curiosa la lista de las mil diversas maneras que tiene cada animal, incluido el más noble de todos, el hombre ¾noble por estar dotado de inteligencia¾, de escogerse su propio yantar cotidiano de entre el variado conjunto que le brinda la fauna diversa que está a su alcance. El león y el tigre, por ejemplo, corren a largas zancadas tras el despavorido ciervo y, al fin, lo despatarran en el suelo con unos cuantos zarpazos y dentelladas en el cuello. Sin embargo, los hay que, sin necesidad de desarrollar tan denodados esfuerzos, su oficio de comer se cimienta en estar silenciosa y tranquilamente en la puerta de su pequeña espelunca bajo la roca marina ¾ como si se hallara en la terraza de un bar¾, a la espera de que pase por delante un distraído pececillo, al cual se zampan bonitamente de un bocado. Tal refinamiento lo perfecciona la propia Naturaleza. Ella ha estatuido las normas de toda deglución e incluso hasta convertido la boca de algunos peces como si fueran las puertas de par en par de un Corte Inglés. En su libre recorrido por su seductor interior, los visitantes poco a poco son saboreados por todas las glándulas de un estómago, regalado con apenas algunos insignificantes y gratos esfuerzos. Así transcurre la actividad digestiva en el mundo animal. Con todo, poseen los animales una costumbre que podría calificarse, a pesar de ellos, humanitaria; y es —como todos hemos en alguna ocasión observado—, que apenas les aguza el hambre, echan un vistazo por el mercado de la selva y una vez descubierto un buen bocado, de un zarpazo se lo engullen. Ahora bien, no se dicen: `¿Por qué, antes de comérnoslo, no hacemos un corro y dentro de él, nos lo azuzamos unos a otros, por tal de reírnos un rato viendo como el pobrecillo se evade de nuestros lacerantes colmillos?` ¡Ah, pobres gallos, pobres toros! ¿No os basta, humanos —nos reprocharán— que os sirvamos para saciar vuestra gula, que además hagamos en vuestras fiestas patronales de `bomberos toreros? Seguro que de ese tenor podrían ser sus quejas. Y con razón. Del mismo modo, no poca parte de la humanidad le acusaría a otra mucho menos numerosa, de chuparle la sangre al tiempo que la capotea, banderillea y descabella. ¡Qué cosas se ven, qué cosas! ¡Y que esa parte sea la que da la vuelta al ruedo mostrando orgullosa las orejas y el rabo del triunfo!
B.-II. TAUROMAQUIA, TAUROFILIA, TAUROFOBIA
El fin de todas las criaturas vivientes de la tierra es la muerte, pero con el toro de lidia no se puede ser ya tan categórico en cuanto al significado de la trascendental solución final de la vida. Se puede decir del toro que es un ser al que se lleva a la arena de los cosos taurinos para ofrecer un espectáculo de lucha, durante el cual ha de defenderse del sabio acoso de un hombre experto en el arte lúdico de burlar al animal con un trapo rojo, el cual le sirve también para ocultar de su vista la espada con la que pondrá fin a la suerte de la lidia. El toro, durante ésta, ha disfrutado de ocasiones para la victoria sobre quien trata de aturdirlo con su trágico juego. Pero, puede más en él su propio cansancio que la pericia del hombre con su afiligranado modo de prepararle al astado el fatal degüello. ¡Pobre de él, después de haber salido airoso de tres sucesivos arponamientos de polícromos palos, que han dejado en la negrura de su piel la mancha oscura de la sangre. El torero habrá alcanzado su triunfo cuando, en medio del terrible ímpetu despertado en el toro, maneja el capote de forma tal que va poco a poco agotando las agónicas embestidas de su enemigo envolviéndole la cabeza bajo la tela roja de la capa. Apenas advierte la hostigada bestia que su existencia se derrumba en la oscuridad, se adentra en la misma a ciegas, hasta que una nueva espada, en fin, le atraviesa la testuz. Agacha, entonces, la cabeza buscando con los anublados ojos en la arena un espacio donde arrodillarse ante el gesto glorioso del gladiador, en cuyo entretanto reclama éste hacia las gradas la ovación merecida. No regateará a ninguno de los dos luchadores el enardecido público el encendido aplauso. Al toro, por haber luchado fieramente para llevarse arrastrado y colgado de sus cuernos, como un trofeo, al gallardo torero; a éste por haber sustraído indemne su cuerpo de las airadas tarascadas con gentiles requiebros. Blancos pañuelos airean en los tendidos el triunfo de los dos titanes. Habrá que decirle al señor filósofo (ninfa Egeria del Parlament catalán sobre la extravagante prohibición) que, tal como se ha descrito, venimos contemplando invariablemente un amplísimo sector de ciudadanos, el “Panem et circenses” español de los toros desde lejanos siglos. Y ha de saber su merced, señor filosofo, que este espectáculo que denigra con harta ligereza se halla inscrito por
Sin dudarlo que el toro conoce toda su trayectoria existencial, incluído el degüello inmisericorde del matadero industrial. Los ganaderos taurómacos los crían y mantienen para los combates circenses. No los dedican a otras faenas, porque no servirían. El estoconazo es siempre su final. Lo preferirían ellos mismos, su pudieran. Lo ocurrido en Cataluña con respecto a las corridas de toros nos recuerda este pensamiento de Pedro de Mexía en su “Silvia de varia lección” (Lección I,6): “Como acaece, de no apagar una pavesa, encenderse fuego y quemarse toda la casa; así, de no apagar una pendencia particular, se viene a destruir una república.” El símil viene, como se ve, al dedo, pues esto de los toros se saca a plaza pública para mejor airearlo, como pandero entre republicanos, revoltosos desde hace décadas. A pesar de que se trata de lo que Juvenal difundió con esta memorable dicho: “Optat populus panem et circenses” (El pueblo pide trigo y juegos en el circo”). Ambas cosas le regalaban los emperadores para lo mismo. Hay que preguntarse con qué fórmula domestica